La escuela de Media Luna: 40 años haciendo Patria en la frontera


26 abril, 2021


Nació hace 4 décadas al servicio de la educación rural y en área de frontera. 

A la escuela asisten, desde el 14 de abril de 1981, pobladores del alejado paraje Media Luna, ubicado en la margen izquierda del río Tarija, en jurisdicción del municipio de Mosconi, departamento San Martín. Solo se llega después de transitar difíciles caminos del sur boliviano y atravesar los ríos Bermejo y Grande de Tarija.

Las comunidades son una mezcla de la etnia Ava Guaraní y criollos y están conformadas por una serie de parajes que están a una distancia de hasta 15 kilómetros entre sí, como el propio Media Luna, Madrejones y Algarrobito. Todos están ubicados en el departamento San Martín, pero para llegar hay que pasar por Bolivia, un verdadero despropósito.

“Cruzamos el río Bermejo en chalanas hasta Bolivia, pagamos un transporte en camioneta que nos lleva la mercadería hasta la orilla del río Tarija. Ahí cruzamos el río Grande y recién volvemos a territorio argentino. En ese lugar nos esperan los padres de los chicos para llevar las cosas a caballo o al hombro”, relató Erica Gómez, directora de la escuela 4.254 de Media Luna, sobre cómo suelen hacer normalmente para llegar con las provisiones al establecimiento y a los pobladores fronterizos. En Media Luna funciona la escuela desde 1.981 y el albergue inaugurado en 1999 por el exgobernador Juan Carlos Romero.

En la institución funcionan el nivel inicial, el primario y el secundario con una población escolar total de 62 niños y jóvenes, que le dan vida a una escuela que está literalmente en medio de la nada. Por eso, en muchas ocasiones, comparten la sala en un plurigrado donde un docente imparte clases para varios niveles. Érica Gómez, por su parte, es la directora y docente de primero y segundo grado.

El campo de la escuela es el punto de encuentro y en el se sintetizan las historias de vida de los cuarenta años de existencia de esta escuela rural.

Allí las semanas se nutren de distintas actividades que comienzan a las 7 de la mañana, con la higiene diaria y un rico desayuno que prepara a los chicos para el inicio de las clases, que es a las 8.

Luego, tras el almuerzo, viene el momento de las tareas, la recreación y los juegos y, finalmente, la cena, antes del descanso nocturno.

Los fines de semana, si el camino y el clima lo permiten, todos vuelven a sus casas después de extensas horas de sacrificado viaje, a pie o a caballo.

Erica ejerce como docente desde hace más de 20 años; hoy, como directora de la escuela, confiesa que de nacer de nuevo “elegiría otra vez la docencia rural, porque si bien me aleja de algún modo de mi familia, aquí vivo cada momento con una intensidad única”.

“En la escuela todos los días hay nuevas vivencias, las que me llevan a experimentar desde la ternura que me provoca el llanto de las pequeñas con sus 5 o 6 años en los primeras noches en la escuela, extrañando a sus padres, hasta verlos crecer y que me susurren: “No me quiero ir a mi casa; me gusta quedarme en la escuela”, relata con lágrimas en los ojos.

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