“¿Viste, hija mía, que este virus no me iba a ganar?”


7 mayo, 2020


Susana Badín (83) es una persona de palabra. Ser honesta consigo misma y con los demás es el principio que rige su vida desde la niñez.

Lo aprendió de sus padres y se lo infundió a sus cuatro hijos a fuerza de coherencia y de lucha constantes. Ellos también lo hicieron carne. Eso la arropa y la llena de orgullo.

El invicto que ostenta en el cumplimiento de las promesas hizo que en su entorno afectivo nadie creyera que este lance podría ser la excepción a la regla, pese al formidable reto que el destino le ponía por delante, una vez más.

“Este virus no me va a ganar aunque digan que es terrible”, juró al cielo cuando le comunicaron que debía ingresar de inmediato a terapia intensiva en la clínica Romagosa para dar la batalla más difícil de su existencia.

Es que el testeo de la muestra enviada desde Córdoba al Instituto Malbrán de Buenos Aires había dado positivo para Covid-19.

Mónica Maurell, su hija, fue testigo de aquel voto de fe. Ambas sellaron el trato con un apretón de manos entre sollozos y lágrimas de sal.

Ayer, muchos días después de aquel ingreso a la clínica, Susana dialogó con La Voz desde su casa a través de una videollamada, una vez que los médicos le dieron el alta. Y nos contó su experiencia.

Lo que dura la eternidad

“Chucha” –tal el apodo de la paciente– estuvo tres semanas completas en la sala de cuidados extremos. Luego, otros cinco días en una habitación común. Una eternidad”.

Pasó todo ese lapso sin perder la lucidez. Así consta en la ficha médica.

“En un momento, agobiada por la soledad, cansada de llorar y de pedir ayuda a los gritos sin que nadie entrara siquiera a verme, a darme un vaso con agua, pensé que me daría por vencida”, comenta con un hilo de voz tan delgado como el haz de luz que se filtra por la ventana de su dormitorio y se incrusta en el abrigo de la cama donde reposa.

Las gargantas se anudan en los extremos de la conversación.

“Entonces pensé en mis hijos, en mis nietos, en mi familia, en lo poco que faltaba para conocer a los dos bisnietos que vienen en camino, y ese deseo me dio las fuerzas que necesitaba para seguir peleando”, cuenta y celebra la clave de su salvación.

Virginia, una de sus 13 nietos, y Bárbara, la esposa de su nieto Andrés, están embarazadas. “Barbi” tiene fecha de parto para julio y “Vicky” espera la llegada de su hijo en primavera.

Repaso de vida

En otros arrebatos de melancolía durante el aislamiento absoluto, se zambulló en las profundidades de la memoria en busca de un poco de alivio para los dolores del cuerpo y del alma.

También, para confirmar que nada es capaz de doblegar al amor y las ganas de vivir.

Recordó los recreos en el patio de la Escuela General Manuel Belgrano, de Metán, Salta. Ella nació en esa ciudad de “la Linda” el 24 de mayo de 1937.

Empezó el secundario en el colegio Sagrado Corazón, pero dejó los estudios a los 15 años, cuando murió su mamá y tuvo que compartir con su papá la administración del hogar y la crianza de su hermano, de 9 años.

Luego de un matrimonio fallido, decidió mudarse a Córdoba con sus cuatro hijos. “Quería que los chicos pudieran estudiar en la Universidad de Córdoba y ser profesionales”, dice.

Ivone, la mayor, es profesora y traductora de Inglés. Vive actualmente en Alemania.

César Rodolfo, el segundo en la descendencia, se recibió de odontólogo en la UNC y se fue a trabajar a España. Se casó y tuvo tres hijos. En 2004 volvió a la Argentina a visitar a sus padres. En un viaje a Salta, sufrió un accidente en la ruta que le costó la vida.

Ella pensó que no lograría superar la devastación anímica que le provocó la tragedia. Sin embargo, lo consiguió.

Mónica, la tercera, es kinesióloga. Nació en Metán, como su madre; vive con ella en barrio Altos de Villa Cabrera.

El más chico de la prole es Germán. Trabaja de manera independiente.

Geminiana de ley

“Ella es una geminiana hecha y derecha; muy expresiva y cariñosa. Vive diciéndonos que nos ama, organizando comidas para reunir a la familia”, traza Mónica el perfil de su mamá.

“No soporta la soledad”, apunta. “Eso me hacía imaginar la situación horrible y dolorosa que soportaba en la UTI; me partía el alma. Esperaba con ansiedad el momento que la sacaran de ahí y la pasaran a una sala común”, describe la secuencia en una exhalación húmeda.

Eso ocurrió el 16 de abril.

El lunes último le dieron el alta y regresó a su casa.

“Me siento muy feliz aquí y sueño con estar otra vez de pie para ayudar a mi familia, para proteger a mis hijos, para esperar a los bisnietos que vienen en camino; voy a tener tres, ¿sabe?”, comparte la ilusión con un gesto sutil como si arrojara monedas a una fuente de deseos invisible.

Mónica le acaricia el cabello con suavidad y recuerda: “Anoche, cuando la acosté en su cama, me tomó de la mano, la apretó apenas y me dijo: ‘¿Viste, hija, que este virus no me iba a ganar?’”.

Susana Badín es una persona de palabra.

De la incredulidad a la sorpresa

Una paciente con pronóstico reservado.

Cuando Susana Badín ingresó con protocolo de Covid-19, los médicos de la clínica Romagosa (donde se atiende por Pami) pensaron que sería difícil que superara el trance. No la ayudaban la edad ni la historia médica.

Ella padece hipotiroidismo, artritis reumatoidea y fibromialgia (enfermedad que se caracteriza por un dolor muscular crónico). También le extrajeron un pequeño tumor del estómago y tuvo varias operaciones traumatológicas en las manos y en los pies.

Pese a todos los pronósticos, le ganó la batalla al virus tan temido.


Fuente: La Voz

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