“Si caíamos iba a ser por una buena causa, defender la patria”


2 abril, 2019


A 37 años de la guerra, Rubén Gerardo Guantay, recuerda cómo fue el feroz ataque al crucero Ara General Belgrano.

Era el primer domingo de mayo, a las cuatro de la tarde, cuando los tripulantes del Ara General Belgrano sintieron el impacto que marcaría una de las peores tragedias de la guerra por las Islas Malvinas: la muerte de 323 combatientes.

Entre los 1093 guerreros se encontraba el salteño Rubén Gerardo Guantay quien recuerda hoy esa experiencia como “un antes y un después” en su vida.

En tiempos de paz, era foguista y se encargaba de manejar la caldera del barco pero tenía la orden de llevar y traer información en situación de combate. Finalmente, la guerra llegó.

Con orgullo, el salteño rememora patente ese momento como uno de los más cruciales de su vida. Tenía apenas 18 años y caminaba por los pasillos del barco cuando algo lo sacudió.

Un torpedo había impactado en el barco causando una gran explosión y, cuando parecía que no podía ser peor, se le sumó otro.

“En un primer momento sentí un golpe en el pecho y luego en la espalda, me había agarrado una onda expansiva”, cuenta a sus 55 años y agrega que perdió el conocimiento por segundos.

Uno de los impactos había arrancado 15 metros de la proa del buque. “La explosión generó calor, humo, se retorcían los hierros y había dificultad para respirar. No se veía nada”, relata a LA GACETA.

A oscuras, Rubén fue a comunicar a sus compañeros el alerta pero le dieron la orden de ir a la cubierta principal junto a sus camaradas. Llegar allí fue eterno. Cada vez que las puertas se abrían, el frío y las fuertes ráfagas de viento chocaban con sus rostros y el suelo alojaba a muchos compañeros heridos.

“Había que ayudar”

Unos habían recibido quemaduras por el vapor y otros estaban lastimados por los pedazos de hierro que caían. “Había que ayudar”, remarca el ex tripulante mientras menciona que intentaban salvar a cuantos pudieran.

La orden del Capitán fue abandonar el barco. La bronca que sentía Rubén, por no poder responder a los contrincantes, la tuvo que olvidar para enfocarse en salvar su vida.

En las orillas esperaban balsas preparadas para que los sobrevivientes abandonen el buque, pero el sector donde él estaba era uno de los más altos pues debía saltar 12 metros de altura para caer en el bote.

Con mucha precisión recuerda que el suyo se movía con las olas, por lo cual saltar y atinarle era de vida o muerte.

“Había que embocarle a la balsa por que si uno caía en el mar a lo mejor no salía nunca. Tuve la suerte de saltar y caer en la balsa”, cuenta como si estuviese allí.

La odisea en el mar

Aunque parecía haber terminado el trágico momento aún faltaban 40 horas para ser rescatados.  Una vez en la balsa, el veterano fija en el tiempo el “comienzo de la odisea en el mar”.

El buque destrozado subía y bajaba del mar con el peligro de dañar su bote pero, afortunadamente, vino el golpe de una ola muy grande que los alejó.

Allí permanecieron más de 40 horas 19 combatientes. Con 15 grados bajo cero, el mar bravo los sacudía con olas de hasta diez metros, “era como estar en una montaña rusa”.

En el camino muchos se empezaron a descomponer por el movimiento, el frío aumentaba y cada vez se podían mover menos. La prioridad era, en ese momento, un compañero herido al cual cuidaban y calmaban para no perderlo.

“El capitán nos hacía cantar el himno y rezábamos a Dios, yo solo pensaba en mi familia: que esté bien y que no se preocupe”, relata mientras finaliza una parte de su historia.

Luego de pasar casi dos días en el mar, el 4 de mayo de 1982, los náufragos fueron encontrados por los rescatistas para ir a tierra. Terminaba una historia pero comenzaba otra, pues la guerra aún continuaba.

“Si teníamos que caer iba a ser por una causa: defender la patria”, fueron las palabras del salteño que hoy puede compartir su historia, 37 años después.

Fuente: La Gaceta Salta

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