Puna salteña: uno de los rincones más sorprendentes de la Argentina


28 septiembre, 2020


Una travesía hasta el pueblito de Tolar Grande para conocer el Desierto del Diablo, el Cono de Arita y el Salar de Arizaro.

Partimos al alba desde la ciudad de Salta en una camioneta 4×4, siguiendo casi en paralelo el trayecto del Tren a la Nubes cuyas vías cruzaremos varias veces. Vamos por la Ruta Nacional 51 rumbo a la Puna, esa dura altiplanicie que no se quebró al surgir los Andes y se elevó con ellos hasta los 3.500 metros. En el camino nos detenemos para recorrer las ruinas de la ciudad diaguita de Tastil, el complejo urbano preincanco más grande de la región.
Luego de recorrer 150 km por asfalto, desde una elevación de la ruta, descubro en medio de una meseta al pueblo de San Antonio de los Cobres, rodeado de cumbres que sobrepasan los 5.500 metros. Paramos a almorzar liviano porque nos esperan cuatro horas más de viaje a lo profundo de los Andes, ya por una ruta de ripio.

Avanzamos en paralelo a una tropilla de cinco llamas correteando en la inmensidad de pastos dorados. Más tarde llegamos a los 4.560 msnm en el abra del Alto Chorrillo, donde la vegetación y cualquier rastro de vida han desaparecido por completo. Detengo el vehículo y me acerco azotado por el viento a una apacheta, un túmulo de piedras donde cada viajero aporta una, un rito kolla que garantiza un viaje seguro por los Andes.
A partir de aquí comenzamos a descender hacia el pueblo de Olacapato cuyo centenar de habitantes vive en casas de adobe alrededor de una fantasmal estación de tren. Paro a tomar algo en el único barcito del pueblo –La Estrella– y su dueña Emma me impide amablemente pasar al baño: está clausurado porque a pesar del pleno sol, las cañerías no se han descongelado de la helada de anoche.
Dejo atrás la planicie blanca del Salar de Pocitos y la Recta de la Paciencia que atraviesa la nada. En el laberinto geológico Los Colorados caracoleo 20 km entre cerritos de punta redondeada hasta el Desierto del Diablo, otra llanura rodeada por rojizos cerros precámbricos, una extensión del desierto de Atacama. Aquí se practica sandboard con una excursión desde Tolar Grande.

Tolar

Grande

En la lejanía aparece el volcán Llullaillaco –6.739 metros– donde se encontraron tres famosas momias incas, unas ofrendas al sol que se exhiben en el Museo Arqueológico de Alta Montaña (MAAM) en Salta. Desembocamos en Tolar Grande, un caserío escondido en uno de los rincones más áridos y deshabitados de la Argentina. Hemos llegado al atardecer en esos escasos minutos en que el paisaje y las casas se encienden de rojo como con luz propia. Me alojo en la casa Flavio Quipildor y María Casimiro, una de las cuatro familias que habilitaron cuartos para viajeros
Hacia 1940 vivían en Tolar Grande 4.000 personas dedicadas a la minería de ónix y azufre. Un tren bajaba la producción al mundo terrenal y la población se componía de mineros y ferroviarios. En los años ’80 las minas se cerraron y con ellas el tren: ya no hubo mineros ni ferroviarios y el pueblo quedó con 16 pobladores.
Tolar Grande estaba condenado a desaparecer pero el gobierno provincial pensó que, al ser el último lugar poblado antes de la frontera con Chile, lo mejor sería repatriar tolareños ofreciéndoles casa, agua, luz y trabajo en la municipalidad. También podían venir puneños en general, siempre que fuesen kollas. Así la población se multiplicó casi por 20 alcanzando hoy 280 habitantes. Aún queda una veintena de casas de adobe abandonadas. En los últimos 15 años la economía de Tolar Grande se ha ido reconvirtiendo hacia el turismo pero la minería ha vuelto y hay una pequeña población itinerante extra, ligada a la extracción de minerales.

 

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A la mañana siguiente salimos hacia la excursión estrella: el Cono de Arita, una pirámide casi perfecta que se levanta solitaria en medio un gran salar. Se trata de un volcán que nunca estalló, cuya cima fue un sitio ceremonial preincaico. En el trayecto cruzamos el Salar de Arizaro, el tercero más grande del continente: 5.500 km.

La religiosidad popular

Tolar Grande es un pueblo kolla con una religiosidad marcada por el sincretismo andino. Tiene una iglesia muy pintoresca a la que el cura viene una vez por año a hacer los bautismos todos juntos. Los habitantes se consideran católicos aunque su ritualidad está más orientada a la Pachamama: antes de tomar una decisión importante o al emprender un viaje, le piden permiso de manera ritual dándole de comer a través de un pozo como pedido de protección. Cada  31 de agosto se hace la Fiesta de la Pachamama: participa todo el pueblo subiendo a un cerro para alimentarla. Y también creen en duendes.

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Ceno en la casa de la familia Quipildor y Flavio me explica lo de los duendes:
– Son almitas en pena de niños que murieron sin bautizar y no pueden descansar en paz. Andan buscando un padrino y suelen hacer travesuras como llevarse a los niños a jugar. También se les aparecen en la noche a los conductores en el asiento de atrás, tiran objetos para asustar y corren cosas de lugar. En la escuelita hay un duende, justo al lado de la comisaría. Las maestras duermen ahí y han sentido alguna silla caer. Una vez que hubo ruidos, llamaron a sus vecinos policías para que fuesen a ver. ¡Pero los oficiales no quisieron ir! Porque “ahí está el duende”.

En busca de antiguos seres vivos

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La última tarde salgo a caminar en busca de unas lagunitas de 10 metros de diámetro que, según me han contado, están llenas de estromatolitos, los seres vivos más antiguos que siguen reproduciéndose desde hace 3.400 millones de años. Las encuentro y parecen hoyos transparentes de aguas turquesas con un relieve coralino sumergido. Son agrupaciones de microbios fotosintéticos que, en los orígenes de la vida, comenzaron a transformar carbono en oxígeno. Cuando en la tierra aún no había nadie –o sea, animal alguno– estos organismos eran enormes arrecifes oceánicos que fueron reduciéndose casi hasta desaparecer. En Tolar Grande los descubrieron científicos del CONICET y se lo informaron a los pobladores, quienes se acercaron con el cacique a los ojos de mar para hacerle una ofrenda a la Pachamama. La ciencia –al fin y al cabo– llegó por otros caminos a la misma conclusión que la religión originaria: la vida viene de la profundo de la tierra, no del cielo.

Dónde alojarse

El Refugio Municipal tiene baños, duchas y dos dormitorios enormes con 36 camas cucheta separados por sexo y calefaccionados. Las casas de familia ofrecen un ambiente limpio con paredes de cemento, buenos baños y calefacción. Y está la Hostería Casa Andina. En ambos casos el contacto de reservas por Whatsapp es: +54 9 387 6105209 Casa de familia Quipildor: Whatsapp: +54 9 3874 86-0924
Más información: Oficina de Turismo Tolar Grande: Whastapp: +54 9 3875 332912. Red de Turismo Comunitario Lickan Tolar Grande (ofrece excursiones y alojamiento en casas de familia) www.lickantolargrande.com

Datos útiles:

 

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Cómo llegar: desde la ciudad de Salta son 360 kilómetros. La agencia Turismo Responsable ofrece un paquete de tres días y dos noches desde Salta con traslado, alojamiento y excursiones. www.tures.tur.ar
Logística para llegar al Tolar:  el tramo final de ripio por la RP 27 hasta Tolar Grande está en buen estado –de mayo a noviembre, cuando no llueve– pero se recomienda una 4×4 (o un vehículo elevado). Entre diciembre y febrero –época de lluvias– es necesaria la 4×4 (se pasan dos arenales sólidos que con lluvia se vuelven un barrial) y hay que llevar bidones de nafta, cadenas para las ruedas, pala y dos gomas de auxilio: el ripio pincha bastante (hay que manejar despacio y no tentarse con el buen estado del camino).
Hay tráfico vehicular todos los días y se recomienda comunicar a la Oficina de Turismo que uno está llegando a determinada hora y avisar que si a esa hora no llegó, manden un auxilio. Hasta Salar de Pocitos hay postes telefónicos para pedir auxilio.
Temperaturas: En verano puede hacer 30 ºC de calor seco en el día y -5 ºC a la noche. Incluso en invierno
los días son templados (pueden ser ventosos) y casi todo el año hay cielo azul.


FUENTE: WEEKEND

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