Pescadores temen ser arrastrados por la “Salamanca” del dique Campo Alegre


12 agosto, 2019


“Por las noches de luna se escucha música nativa, y al otro día el lugar queda impregnado por una fuerte hedentina a azufre, olor que denota la presencia de Mandinga”, contó un vecino.

En La Caldera aseguran que en los cerros aledaños al dique Campo Alegre existe una enorme Salamanca. Tales afirmaciones tomaron cuerpo hace algunos años, cuando efectivamente comenzó a percibirse en el ambiente, especialmente en uno de los extremos del embalse, un fuerte olor a azufre como el que suele identificar al mismísimo rey de las tinieblas.
Un lugareño conocido por el mote de “El Diablo“, aventuró a El Tribuno su teoría: “No solo en las noches de luna llena se puede escuchar música nativa, sino que además al otro día el lugar queda impregnado por una fuerte hedentina a azufre, olor que a las claras denota la presencia de don Mandinga”.
Al preguntársele sobre el tipo de música que suele escuchar, el caldereño contó: “Siempre folclórica señor, la de antes. Es como si tocara el ‘Payo’ Solá, Marcos Tames o Ceballos, el ‘Duende del Bandoneón’. No se bien quien toca, pero que toca, toca señor. Lo que si se es que de ahora la música no es”, concluyó el vecino.

Lo que indica la ciencia

Lejos de lo que “El Diablo”, sus vecinos o los asiduos concurrentes a ese dique puedan especular, el fuerte olor a azufre se debería a las emanaciones de ácido sulfhídrico que desde el fondo del dique, es decir desde la zona fangosa, emergen hacia el exterior.
Se trataría de una situación demasiado común en los grandes embalses, cuando se produce el drenado de las capas inferiores.
En el fondo de estos espejos de agua se deposita materia orgánica que luego al descomponerse genera un barro negruzco con azufre y bacterias, del que deviene el mencionado ácido sulfhídrico. Es decir que la consecuencia inmediata es un hedor similar al de los huevos podridos o al perfume de Satanás, que en un principio no revestiría ningún tipo de peligro.

El mito

Una vez más la ciencia echó por tierra, al menos en un principio, un mito que había comenzado a tomar cuerpo en las serranías caldereñas y que tenía a maltraer a los lugareños, generando a la vez curiosidad en muchos salteños que desde hace un tiempo a la fecha comenzaron a merodear en el lugar durante los fines de semana, con la ilusión de encontrar la Salamanca.
“En el Norte Argentino existen muchos mitos, leyendas y creencias populares que arraigan con fuerza en el imaginario colectivo y que se trasladan boca a boca a lo largo de las generaciones. Aún cuando tienen explicaciones perfectamente racionales, la fuerza de la magia que transmiten las hace de una riqueza y poesía que muchas veces resultan subyugantes”, destacó el geólogo Ricardo Alonso en un capítulo sobre mitos, publicado en su libro “Geografía Física del Norte Argentino”.

La Salamanca

La Salamanca es una cueva donde manda Mandinga, Satanás o el Gran Diablo. Puede estar en la profundidad de los monte, en los huaycos, cerros, lomadas, quebradas o cuevas laguneras. Atrae a sus víctimas con antiguas músicas nativas interpretadas por músicos ya desaparecidos o también por aquellos que fueron atrapados con vida.

La temerosa Salamanca suele estar cerrada por una inmensa piedra que puede abrirse mágicamente. En su interior, hay senderos plagados de serpientes, batracios, arañas y otras alimañas que atacan ferozmente a los que quieren retroceder. 

 

El trono de Mandinga

Las sendas terminan siempre en un recinto aromatizado con azufre y en cuyo centro está el gran trono de Mandinga, que permanece sentado y rodeado por mujeres hermosas y una corte de diablos menores, todos, dotados de escamosas colas flechadas. Más abajo, un conjunto de músicos fallecidos o prisioneros interpretan las más deliciosas páginas del cancionero folclórico del lugar.
Según los pocos que lograron escapar de una salamanca, cuentan que allí pudieron ver a innumerables poetas, compositores, músicos y calaveras ya desaparecidos, que participaban alegremente de las diabluras a pura carcajadas.

FUENTE: EL TRIBUNO SALTA

Comentario

^