Historia de la “Iglesia de los Carmelitas” y la Quinta Grande del obispo Campero


12 agosto, 2019


En la historia de Salta muchas veces se habla de la Quinta Grande, pero pocos son los que saben donde quedaba.

En la esquina de las calles Tucumán y La Florida, en el sector sur de nuestra ciudad, se levanta una iglesia y un convento con fachada de ladrillos, sin revoque y con espadaña sobre la pared de la ochava que sostiene al viento tres campanas.

Para muchos salteños este templo sigue siendo la “Iglesia de los Carmelitas”, pese a que esta orden religiosa se retiró de nuestra ciudad en el año 1976, cuando la parroquia Santa Teresa de Jesús, fue encomendada a la Orden de San Agustín.

Volviendo al templo, debemos decir que aunque no tiene los años y la prestancia de los templos de San Bernardo, San Francisco o San José, si posee una rica historia. Todo comenzó en el siglo XX, cuando el obispo Julio Campero y Aráoz, seguidor de la reforma de Santa Teresa de Jesús, propició la fundación del convento y la Sagrada Congregación de Regulares, otorgándoles la licencia el 27 de junio de 1929, con el título de Nuestra Señora del Carmen. Y como para consolidar su aspiración, monseñor Campero ofreció en donación su finca llamada “Quinta Grande”, un solar histórico que había pertenecido a la familia Arias Rengel, descendiente de los primeros habitantes españoles de nuestra ciudad. Y como la vieja casona contaba con un oratorio y una quinta, el presbítero Andrés de Jesús María y el hermano Antonio de la Virgen del Carmen, tomaron de inmediato posesión de ella más unos terrenos aledaños que adquirieron y que pasaron a formar parte del patrimonio de los carmelitas. Por su parte, la Quinta Grande había adquirido con el tiempo fama y renombre por sus frutales, rendimiento que mejoró sustancialmente en calidad y cantidad, con los cuidados que el hermano Antonio comenzó a prodigarle. Y así fue que sus “peras motas” adquirieron el tercer premio con diploma y medalla de bronce en una Exposición Fructícola realizada en la ciudad de Córdoba.

De capilla a parroquia

Pronto se notó en la zona sur de la ciudad la fuerte influencia religiosa de los carmelitas. Proyectaron construir una capilla más grande hasta tanto se pudiese encarar la construcción del templo definitivo. La piedra fundamental de la nueva capilla que venía a reemplazar el viejo oratorio, se colocó a principios de la década del 30 del siglo pasado y contó con la presencia del entonces presidente argentino de facto, general José Félix Uriburu. La capilla se proyectó como un gran salón, de modo que cuando se construyese el nuevo templo quedara como salón de acto de un futuro colegio. Es que para los carmelitas la educación siempre estuvo en sus planes.

De todos modos, la gran tarea pastoral que los carmelitas desplegaban especialmente en la zona sur de la ciudad y a metros del río Arias, tuvo su recompensa. La primera fue cuando el arzobispo de Salta, monseñor Roberto J. Tavella autorizó el 28 de mayo de 1939, que los restos de monseñor Julio Camperos y Aráoz -protector y benefactor de la orden en Salta- descansaran en un mausoleo a construirse cerca del altar mayor.

El segundo reconocimiento de monseñor Tavella ocurrió meses después. Fue cuando el arzobispo decretó convertir a la capilla de los carmelitas en parroquia. Ello ocurrió el 9 de octubre de 1939, designándose como su primer párroco al R.P. Alfonso de la Inmaculada.

Años después, en 1949, y siguiendo una tradición familiar para con la Orden de los Carmelitas, doña Hortensia Campero de Figueroa renunció formalmente a la herencia de su hermano, a favor de la parroquia, en tanto su hija, doña Cora Figueroa Campero de Costas, donó dos altares.

Demolición de la sala

La vieja e histórica sala de la Quinta Grande de los Arias Rengel permaneció en pie hasta 1956. Ese año, siendo superior de la orden el R.P. Eulogio de Jesús María, resolvió la demolición del viejo solar para levantar allí un nuevo convento y demás dependencias parroquiales.

Los agustinos

Por 37 años, los carmelitas dirigieron la acción pastoral de la parroquia, pero en 1976, cuan do dejaron la ciudad de Salta, la parroquia fue encomendada a la Orden de San Agustín. El pri mer párroco agustino, fue el P. Gerardo Ureta.

La presencia agustina en la ciudad de Salta se debió fun damentalmente a la necesidad de tener un lugar de “apoyo” para potenciar la actividad mi sionera que, desde el año 1969, la orden venía realizando en la Prelatura de Cafayate, en los valles Calchaquíes.

El obispo Campero

Monseñor Julio Campero y Aráoz nació en Jujuy el 8 de noviembre de 1873, y ejerció su obispado en la Diócesis de Salta.

Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1896 luego de estudiar en el Seminario Conciliar de Salta. Desempeñó cargos religiosos en las provincias de Salta y Jujuy, y en junio de 1923, el papa Pío XI lo designó obispo titular de la Diócesis de Salta. Por ello, la familia Campero donó las joyas de los marqueses de Yavi al Señor y la Señora del Milagro de Salta.

Renunció el 23 de junio de 1934 para retirarse a La Choza, donde falleció el 20 de febrero de 1938. Sus restos fueron sepultados en el Convento de los Carmelitas, casa que fundó al donar una finca de la familia Campero.

Fuente: El Tribuno de Salta

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