Día de la escultora y el escultor: ¿Quién fue Lola Mora?


17 noviembre, 2021


Hoy se recuerda el nacimiento de la multifacética artista: escultora, investigadora y urbanista, Lola Mora fue una mujer independiente en la sociedad conservadora y patriarcal de comienzos del siglo XX. 

Muchas efemérides originadas en decretos oficiales, los Día del…, adolecen aún de contradicciones o discriminaciones de género, como señalamos recientemente en estas páginas en ocasión del Día del Diseñador Argentino. El caso que hoy nos ocupa no es la excepción. El Día Nacional del Escultor y las Artes Plásticas, fue instituido en 1998 por ley del Congreso Nacional en homenaje a una mujer, la artista y escultora Dolores Candelaria Mora Vega, más conocida como Lola Mora, conmemorando el día de su nacimiento, ocurrido el 17 de noviembre de 1866 en SALTA.

También es habitual que los vahos de espíritu nacionalista que flotan en los recintos oficiales lleven, habiendo ya un “Día Internacional” dedicado al tema, a duplicar el homenaje decretando una fecha local. Sin intención de poner esto en discusión, aprovechamos la efeméride nacional que homenajea a las y los cultores de una disciplina artística cultivada por grandes nombres, desde el Fidias de la Antigua Grecia hasta Rodin y Camille Claudel a fines del siglo XIX, pasando por los geniales renacentistas Miguel Ángel (en su homenaje se instauró el Dia Internacional de la Escultura) y Gian Lorenzo Bernini, para centrarnos en la figura de Lola Mora, pionera de la escultura en nuestro país.

Lola Mora fue un personaje polémico en más de un sentido. Se abrió camino en el arte en una época dominada cultural, económica y políticamente por los varones. Su gran talento artístico le abrió rápidamente las puertas de los despachos oficiales de un Estado nacional en plena formación, deseoso de mostrarse al mundo como un país moderno y culturalmente avanzado, aunque fundado principalmente en la incorporación de gran cantidad de territorio mediante la matanza de las poblaciones originarias en la llamada Conquista del Desierto. Comenzó desde muy joven retratando a líderes políticos provinciales y terminó vinculándose profesional y, se dice, también sentimentalmente, con el por entonces presidente Julio A. Roca.

La artista tenía ya 42 años cuando tuvo una fugaz historia de amor con un joven de 20, hijo de un gobernador y empleado en el Congreso, a quien conoció mientras trabajaba en las esculturas de la fachada del nuevo edificio legislativo, que se inauguraría ese año, 1906. Se casaron, a pesar de la oposición de la familia del joven, parientes del escritor José Hernández, y fueron a vivir a Roma, donde ella residía y trabajaba desde hacía una década. El matrimonio duró poco tiempo. Se dice que ella lo echó de la casa luego de descubrir la aventura amorosa de Luis Hernández Otero, su marido, con una empleada doméstica.

Para ese entonces la artista ya había obtenido prestigio y cierto renombre, aunque no siempre favorable, con su obra más célebre: la Fuente de las Nereidas, hoy emplazada en la Costanera Sur de la Ciudad de Buenos Aires. La historia de su realización está llena de los vaivenes que tampoco fueron ajenos a la vida de su autora.

En 1897 había viajado a Roma para estudiar gracias a una beca otorgada por el gobierno nacional. Allí descubrió su pasión por la escultura en mármol, lo que la llevó a ganar la medalla de oro en una exposición en París con un autorretrato esculpido en la dura roca blanca de Carrara. Pasados dos años consiguió, gracias a su amigo Roca, que el gobierno le extendiera el plazo de la beca. A partir de allí su fama creció y comenzó a vincularse con la élite cultural y política romana, lo que le permitió conseguir gran cantidad de encargos, construir su propia casa y establecerse en Roma.

Su éxito europeo aumentó su prestigio en su propio país, permtiéndole conseguir el encargo de una serie de esculturas para el ámbito oficial argentino, por lo cual viajaba a menudo a Buenos Aires. En uno de esos viajes le ofreció al intendente Adolfo Bullrich la realización de una fuente para la Plaza de Mayo, donando los honorarios. Sólo cobraría el costo de los materiales, el traslado y la instalación. Bullrich aceptó el presupuesto de veinticinco mil pesos, sin poner el asunto a consideración del Concejo Deliberante, lo cual sería el primer eslabón en la cadena de polémica que envolvió a la obra.

Meses después, cuando Lola volvió y presentó los bocetos del conjunto escultórico, continuaron los cuestionamientos. La escultura representa el mito del nacimiento de la diosa Venus: tres briosos corceles surgiendo del agua sostenidas sus riendas por sendos atléticos tritones, rodean un pedestal de roca del cual surgen dos nereidas o sirenas que sostienen una valva de molusco sobre la que reposa la diosa. Los cuerpos desnudos maravillosamente tallados a la manera de los escultores barrocos, fueron censurados por gran parte de la pacata dirigencia de comienzos del siglo, por lo que la obra debió cambiar su lugar de emplazamiento. Era inaceptable para la curia porteña que esas imágenes enfrentaran la fachada de la catedral. Después de evaluar diferentes opciones, finalmente se decidió ubicarla sobre el Paseo de Julio (hoy Leandro N. Alem), en su cruce con Cangallo (hoy Perón) detrás de la Casa Rosada.

Se cuestionó también su costo, por lo que Lola Mora ofreció devolver el dinero, decidida a vender la escultura a alguna ciudad extranjera. Finalmente la fuente, esculpida en Roma, fue trasladada en partes a Buenos Aires, e inaugurada en 1903, en un acto oficial encabezado por el intendente y el Presidente de la Nación, aunque ninguna mujer salvo la autora estuvo entre los asistentes. Lola había montado su taller al aire libre en la Plaza Colón, donde durante meses se la vio trabajar en las terminaciones de la escultura, vestida de obrera, con pantalones o bombachas de campo. Esto alimentó la polémica en la alta sociedad porteña, que luego de la inauguración del monumento continuó con sus ataques a la obra y a su impúdica y osada autora. A pesar de esto la fuente gozaba de gran popularidad entre los porteños y porteñas que caminaban las calles del centro de la ciudad.

“No pretendo descender al terreno de la polémica; tampoco intento entrar en discusión con ese enemigo invisible y poderoso que es la maledicencia. Pero lamento profundamente que el espíritu de cierta gente, la impureza y el sensualismo hayan primado sobre el placer estético de contemplar un desnudo humano, la más maravillosa arquitectura que haya podido crear Dios (…) Cada uno ve en una obra de arte lo que de antemano está en su espíritu; el ángel o el demonio están siempre combatiendo en la mirada del hombre. Yo no he cruzado el océano con el objeto de ofender el pudor de mi pueblo (…) Lamento profundamente lo que está ocurriendo pero no advierto en estas expresiones de repudio –llamémoslo de alguna manera- la voz pura y noble de este pueblo. Y esa es la que me interesaría oír; de él espero el postrer fallo.”Lola Mora defendió mediante una carta su obra y su libertad artística.

Luego de su breve matrimonio, y muerto además su amigo Roca y con los conservadores en retirada del gobierno, comenzó a perder influencia en los círculos oficiales. En 1915 las esculturas del Congreso fueron desmontadas al ser consideradas “adefesios” por los legisladores. Se llegó a poner en duda su autoría de la referida Fuente de las Nereidas, de la que se decía había sido realizada íntegramente por sus ayudantes italianos.

En 1918 la fuente fue desmontada y reubicada en su emplazamiento actual, frente al espigón de la Costanera Sur, para lo cual Lola Mora viajó, supervisó y costeó su traslado y reinstalación.

Su actividad artística y prestigio habían quedado demasiado ligados a los gobiernos conservadores, por lo cual fue perdiendo encargos y tuvo que vender su casa romana, para volver a la Argentina, abandonando la escultura para dedicarse a diversos proyectos. Inventó y patentó un dispositivo llamado cinematografía a la luz, que permitía ver cine sin necesidad de oscurecer una sala, pero no logró introducirlo en el mercado.

En 1923 viajó al norte del país para establecerse en Jujuy, donde fue nombrada “Escultor Encargado de Parques, Jardines y Paseos”. Diseñó parques, plazas y nuevos trazados de avenidas, casi ninguno construido, por lo que renunció para dedicarse a la investigación y exploración geológica sobre combustibles fósiles en la provincia de Salta, actividad en la que invirtió y agotó sus ahorros. Hay quienes la consideran una pionera en combustibles no tradicionales: entre 1924 y 1934 buscó petróleo en el norte argentino, a partir de las formaciones rocosas, los esquistos bituminosos, lo que hoy se conoce como shale oil. Lola no tuvo éxito tampoco en esta empresa, aunque dejó constancia de sus investigaciones en el pequeño libro Combustibles – Un problema resuelto, que firmó como Lolamora Hernández, escrito a los 60 años.

En 1933 casi sin recursos y debilitada en su salud física y mental, volvió a Buenos Aires a instalarse en la casa de su sobrina, donde vivió hasta su muerte en 1936, sin haber llegado a cobrar una pensión de 200 pesos otorgada meses antes por el Senado.

Cuenta en una crónica el periodista José Armagno Constantino: “Una noche lluviosa, a mediados de los años 30, salimos con este muchacho Rodríguez, compañero mío de la redacción, hacia la “Munich” y vemos a una viejita que parecía estar en dificultades. Paramos y le preguntamos “¿Qué pasa, abuelita?, ¿qué anda haciendo usted?, ella nos dice: `Es que vine a secar a mis hijitas’. Las hijitas eran las Nereidas de la fuente y ella tenía en la mano un pañuelo totalmente mojado. Entonces veo que lleva colgado un cartelito que decía ‘Lola Mora’, una dirección y un teléfono”.

Lola Mora, “la argentinita con los cabellos peinados al viento”, como la llamó su amigo el poeta italiano Gabriele D’Annunzio, fue sin duda una mujer audaz e independiente en una sociedad conservadora y patriarcal, que no se privó de disfrutar los privilegios de su estrecha vinculación con la oligarquía terrateniente y el poder político surgidos de la llamada generación del 80 en la Argentina del 1900, pionera en su profesión y con el innegable talento artístico que sus obras demuestran.

 

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