Creó un respirador de bajo costo que ya se fabrica en serie y está listo para salvar vidas


28 septiembre, 2020


Lo diseño el ingeniero nuclear de 32 años llamado Jeremías Butto junto a viejos conocidos de su pueblos. 

Jeremías Butto nació en la localidad santafesina de Las Rosas, estudió dos años en la universidad de Rosario e inició una ascendente carrera como ingeniero nuclear: se recibió en el Instituto Balseiro, formó una empresa propia y comenzó a prestar servicios para el desarrollo tecnológico, algunos de particular relevancia.

En el sector aeroespacial participó en los proyectos Arsat 1, Arsat 2, Saocom 1A y 1B, y en diversos reactores en los que trabajó la firma Invap, uno de sus principales clientes. Además, realiza asesorías en Vaca Muerta y desarrolla tareas en áreas de logística y transporte o para la industria del agro. Todo con apenas 32 años.

La pandemia por el coronavirus lo embarcó en un nuevo desafío: Butto diseñó un respirador artificial de bajo costo que se convirtió, a comienzos de septiembre, en el primero aprobado por la Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica (Anmat) desde el comienzo de la crisis sanitaria en Argentina.

En la creación del respirador Likhen Rod, bautizado de esa manera en honor a los líquenes que se encuentran en los bosques patagónicos y que denotan la presencia de aire puro en el ambiente, influyeron los conocimientos del ingeniero, su inquietud por hacer un aporte al sistema sanitario, las amistades de su pueblo con las que se reencontró y que le dieron a la idea respaldo industrial, pero también la casualidad.

Butto participaba en marzo pasado de la Expoagro, en San Nicolás. Desde hacía dos años diseñaba para un cliente balanzas de a bordo para camiones. El comienzo de la pandemia lo encontró en Rosario y al suspenderse los vuelos a Bariloche, donde reside, decidió volver al hogar más próximo, el de sus padres, en su Las Rosas natal.

Allí se reencontró con vecinos y viejos amigos. Con muchos de ellos, además, mantenía una relación vinculada con proyectos laborales. Junto a los titulares de las empresas Tecnoplast, Tedeschi Sembradoras y Vulcano Semirremolques advirtieron que en esa localidad santafesina podría haber una carencia de respiradores.

El grupo lo inquietaban las imágenes del desastre sanitario que por aquellos días llegaban desde España o Italia y decidieron lanzarse a la aventura de fabricar ventiladores mecánicos.

“Nunca había hecho un aparato similar, ni de la industria médica ni semejante a lo que es un respirador. Tuvimos que estudiar, comenzar a leer bibliografía técnica, hablar con médicos que nos enseñaron clínicamente qué es lo que tenía que hacer un respirador. En función de eso fuimos diseñando el aparato”, cuenta Butto a Clarín sobre los pasos iniciales.

Fueron meses de diseños y de pruebas. El primer prototipo, que permitía ingresar y extraer oxígeno de un pulmón artificial, demandó cuatro semanas de trabajo. Se testeó en la Asociación Rosarina de Anestesiología y superó las pruebas, pero concluyeron que era necesario sumarle prestaciones.

El segundo modelo ya contaba con interfaz de usuario táctil, sistema de seguridad auxiliar y alarmas. Fue sometido a examen en los simuladores de la Asociación de Anestesiólogos de Buenos Aires y también lo aprobó. Se inició entonces la etapa final del diseño.

“Empezamos con un prototipo muy básico. A medida que avanzábamos íbamos obteniendo más información respecto a qué tiene que hacer un respirador –explica Butto–. Tuvimos que ir adaptando el diseño para poder cumplir con todos los requisitos que exige Anmat”.

Finalmente, en los primeros días de septiembre se alcanzó la aprobación, en la categoría Clase 3, la máxima que otorga el organismo para esa clase de aparatos. “Fuimos los primeros en lograrlo”, se enorgullece. La semana pasada una firma de Rosario, que contó con el respaldo de la universidad pública local, también alcanzó ese logro.

En el caso del Likhen Rod se utilizaron piezas de la industria médica, pero que no son las que se requieren habitualmente para construir respiradores. Eso permitió, explica el cerebro del proyecto, contar con stock y evitar los altos costos de algunos implementos demandados mundialmente ante la crisis sanitaria.

El equipo de trabajo capitaneado por Butto logró diseñar una máquina que se puede producir a gran escala y que tiene un bajo costo si se compara con otras de su tipo que se comercializan en el mercado local: entre 500 y 600 mil pesos contra los 3 millones que pueden cotizar las más caras.

Los primeros dos respiradores fueron donados al hospital de Las Rosas, tal como se pensó al inicio del proyecto. Otro fue para los anestesiólogos de Rosario y un cuarto para los de Buenos Aires, que colaboraron en las pruebas para alcanzar el diseño final.

“Fue un esfuerzo muy grande el que hicimos en estos meses: prácticamente sin dormir, sin fines de semana”, acepta Butto.

A pesar de haber trabajado en proyectos de enorme relevancia científica, el profesional elige al respirador como su tarea laboral más significativa. Por la particular situación sanitaria, pero también porque pudo ser encarado con amigos de toda la vida, con sus vecinos de la infancia.

“Me preguntan en qué proyecto me gustó más trabajar, si Arsat o cuál. Yo digo que hasta el momento este ha sido el que me ha dado la satisfacción más grande por lo grave de la situación y por lo que significa un respirador. Hay pueblos o ciudades donde está saturado el sistema de salud y esto puede significar la posibilidad de que una persona viva o no. Eso es algo muy fuerte”, explica.

“Además, forjar y fortalecer esta idea con amistades de toda la vida es un plus. Salí de este proyecto con más amigos de los que tenía cuando entré”, celebra Butto. “Es un respirador que construyó media Argentina”, define para agradecer a todos los que de alguna manera prestaron su colaboración.

En este momento se están ensamblando –a través de la firma Meditea– la primera tanda de 25 aparatos y se trabaja para adquirir las piezas que permitan montar otros 50. Por el momento el costo es solventado por las cuatro empresas privadas que desarrollaron el proyecto, entre las que se encuentra Lago Fonck, que lidera el propio Butto.

La intención es, terminada la fabricación de los primeros respiradores, presentar el modelo en áreas de salud del Gobierno nacional, administraciones provinciales y a empresas privadas. Vender algunos permitirá adquirir más piezas y continuar armando nuevos ventiladores mecánicos para la utilización en salas de terapia intensiva.

El Likhen Road superó, antes de ser aprobado por Anmat, la certificación de tres laboratorios especializados, lo que le garantiza la aprobación de la Administración de Medicamentos y Alimentos (FDA) de los Estados Unidos. Se trata de un paso clave en caso de que decidan comercializarlo en otros países.


Fuente: Clarín

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